2025-11-24 12:49:00
El pasado martes 18 de noviembre el futbol se hizo de más adeptos y, quienes ya lo éramos, confirmamos nuestro amor por este deporte. Aquel día en Hampden Park la selección de Escocia se enfrentaba a la selección de Dinamarca por un boleto a la Copa del Mundo de 2026, era el último juego, la última oportunidad para ambos, era ganar o morir. Escocia ganó y llevó al futbol a su máxima expresión de emoción.
Hace un par de décadas, el periodista español del diario El País, José Sámano, en un estupendo reportaje de periodismo histórico nos demostró lo que el futbol le debe a Escocia: los torniquetes en Hampden Park fueron los primeros de la historia y fueron creados para contener a las multitudes que acudían a ver al Queens Park Rangers y a la selección de Escocia. Pero, además, inventaron el descanso entre los dos tiempos, el travesaño en las porterías y los tiros libres. Todo eso es suficiente para amar a los escoceses.
Escocia nunca ha ganado nada. Pero siempre es atractivo ver sus juegos porque siempre hay algo de romántico, de añejo, de auténtico en sus futbolistas y en su afición. Con Escocia aplica perfecto eso de que los europeos encontraron en el futbol una manera de odiarse, de hacer la guerra, pero sin matarse. En su último juego eliminatorio tuvieron a una gaitero junto a su alineación y dirigió a 52 mil y pico de escoceses en la interpretación del Flower of Scotland. Ahí nos dimos cuenta que Escocia ganaría, pero no sabíamos el cómo, aunque imaginamos que sería de forma épica.
No nos equivocamos: Scott McTominay alcanzó un balón con su pierna derecha a una altura de 2 metros con 53 centímetros (marca mundial) para rematarlo de chilena y hacer el primer gol. Rasmus Hojlund (compañero de Scott en el Napoli de Italia) empató. Al minuto 79 Lawrence Shankland regresó la ventaja; pero dos minutos después Patrick Dorgu volvió a emparejar el marcador. La tragedia merodeo Hampden Park, pero un escocés no sabe rendirse, no lo ha hecho jamás, tienen alma de Braveheart. Al minuto 93 Kieran Tierney hizo el tercer gol de la Tartan Army y, aún faltaba más, aún no dejaban de bricar en las gradas de su mítico estadio cuando al minuto 98 y ¡desde media cancha! Kenny McLean puso el 4-2 y a Escocia en la Copa del Mundo. ¿Cuántos niños se enamoraron para siempre en ese momento del futbol? ¿A cuántos se nos enchinó la piel y dimos las gracias por ser aficionados al futbol y por la selección de Escocia?
Escocia jugará su novena Copa del Mundo. Nunca pasó de la primera fase. ¿A quién le importa? Si nadie olvida el gol de Archie Gemmill en Argentina 78; el de Joe Jordan en España 82, el festejo de Gordan Strachan en La Corregidora de Querétaro en el 86, o ¿quién no recuerda su magnífico uniforme alternativo de Italia 90?
En lo personal, el 9 de junio de 1998 en la Plaza de La Concordia parisina fui testigo de la singularidad de la afición escocesa que había llegado a la capital de Francia para la inauguración de la Copa del Mundo. Jamás olvidaré su forma de interpretar el futbol: con descarada alegría. La tarde siguiente llenaron la parte norte del Stade de Francia; se comieron el gol de César Sampaio a los 4 minutos, pero John Collins empató y la parcialidad escocesa sacudió el norte parisino con su grito de gol. Perdieron el juego. Pero, otra vez, a nadie le importó. Para ellos, el futbol es un momento de alegría y de pasión irracional e incontrolable, luego, al final, es el resultado. Desde aquel Mundial, el del 98, Escocia no estaba en la gran cita. Y eso, es otra cosa que debemos agradecerle a los juegan de azul marino con el corazón valiente.
Entrevero
Víctor Miguel Villanueva
Licenciado en Ciencias de la Comunicación y en Historia Contemporánea. Maestro y doctor en Ciencias Antropológicas. Escritor. Fue periodista deportivo en Copas del Mundo, Juegos Olímpicos, Copa Europea de Naciones, Copa América; editor de secciones y periódicos deportivos; reportero y conductor de radio; jefe de contenidos en televisión. Atlantista y maradoniano.